La levadura de la falsedad
Cuando la hipocresía comienza a destruir desde dentro
Jesús hizo una advertencia que podría parecernos pequeña frente a otros grandes peligros:
“Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.”
Lucas 12:1
No habló de un ejército ni de un enemigo visible.
Habló de levadura.
Algo pequeño, silencioso, que trabaja desde dentro y termina impregnando toda la masa.
¿Por qué Jesús eligió precisamente esa imagen?
Quizás porque conocía perfectamente lo que la falsedad puede producir cuando deja de ser un acto ocasional y se convierte en una manera de vivir.
Y antes de pensar en alguien que conocemos, deberíamos escuchar personalmente la advertencia:
¿Hay alguna máscara que yo también estoy usando?
Cuando la sonrisa no refleja el corazón
Todos hemos vivido situaciones aparentemente insignificantes que revelan mucho.
Compartimos una buena noticia: después de años de esfuerzo mejoramos nuestra situación, conseguimos algo importante, un proyecto comenzó a funcionar.
Esperamos que quienes nos aman se alegren con nosotros.
Entonces escuchamos:
“¡Qué bueno! ¡Me alegro muchísimo por ti!”
Pero algunas veces las palabras dicen una cosa y el rostro parece decir otra.
La sonrisa cuesta.
¿Por qué?
Porque quizá detrás existe una batalla que nadie ve.
La comparación puede producir envidia. La envidia puede convertirse en resentimiento. Y como no queremos reconocer lo que sentimos, necesitamos esconderlo.
Entonces aparece la falsedad.
Muchas veces la falsedad no es el problema original: es el embalaje brillante que utilizamos para esconder aquello que no queremos que los demás vean.
Detrás pueden existir inseguridad, celos, ambición, resentimiento o necesidad de reconocimiento.
Por fuera decimos:
“Me alegro por ti.”
Mientras por dentro preguntamos:
“¿Por qué él y no yo?”
Ahí comienza a trabajar la levadura.
Cuando la levadura alcanza nuestras relaciones
El gran peligro es que la falsedad rara vez permanece encerrada en una persona.
Entra en la familia cuando dejamos de celebrar el progreso del otro y comenzamos a competir.
Entra en la amistad cuando aparentamos cercanía mientras interiormente nos comparamos.
Entra en el trabajo cuando sonreímos delante de alguien y procuramos desacreditarlo cuando se marcha.
Entra en las relaciones cuando las mentiras repetidas destruyen lentamente la confianza.
Y también puede entrar en la iglesia.
Podemos hablar de amor mientras alimentamos resentimiento. Podemos aparentar espiritualidad mientras nuestra vida interior camina en otra dirección.
Entonces comprendemos mejor la metáfora de Jesús.
La levadura trabaja silenciosamente.
Una mentira parece pequeña.
Una envidia escondida parece inofensiva.
Un resentimiento cuidadosamente disimulado parece no afectar a nadie.
Pero cuando esas actitudes se convierten en hábitos, empiezan a deteriorar algo indispensable para cualquier comunidad humana:
La confianza.
Una familia puede atravesar dificultades económicas y permanecer unida.
Una amistad puede superar diferencias.
Una iglesia puede enfrentar conflictos.
Una empresa puede atravesar momentos difíciles.
Pero cuando nadie puede confiar en nadie, el tejido que sostiene las relaciones comienza a romperse.
Judas y la apariencia de bondad
Judas nos deja una imagen inquietante.
Cuando María ungió los pies de Jesús con un perfume costoso, Judas preguntó:
“¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?”
Juan 12:5
Parecía preocupación por los necesitados.
Pero Juan revela inmediatamente que Judas no dijo aquello porque le importaran los pobres, sino porque robaba de la bolsa.
La apariencia mostraba una cosa.
El interior escondía otra.
No significa que toda persona que alguna vez miente recorrerá el camino de Judas.
Su historia nos advierte algo diferente:
podemos permanecer cerca de las cosas de Dios mientras permitimos que nuestro corazón camine en otra dirección.
Por eso la hipocresía es tan peligrosa.
No solamente intenta engañar a los demás.
Con el tiempo puede terminar engañándonos a nosotros mismos.
Jesús no vino a perfeccionar nuestra máscara
Sería muy fácil terminar esta reflexión pensando:
“Conozco varias personas así.”
Pero entonces habríamos perdido el mensaje.
Jesús dijo:
“Guardaos…”
La verdad comienza mirándonos a nosotros mismos.
¿Puedo alegrarme sinceramente cuando otro prospera?
¿Estoy escondiendo resentimiento detrás de una sonrisa?
¿Intento aparentar una situación económica que no tengo?
¿Finjo conocimientos que no poseo?
¿Muestro una espiritualidad que mi vida interior no refleja?
¿Existe alguna parte de mí que estoy desesperadamente intentando esconder?
Estas preguntas pueden incomodarnos.
Pero la verdad que libera primero tiene que iluminarnos.
Y aquí aparece la belleza del Evangelio.
Jesús no vino a perfeccionar nuestra máscara. Vino a liberarnos de ella.
Delante de Él no necesitamos aparentar.
Podemos reconocer nuestra envidia, nuestras inseguridades, nuestras contradicciones y aquello que todavía necesita ser transformado.
Cristo no nos llama para avergonzarnos.
Nos llama para llevarnos de la apariencia a la autenticidad; de la oscuridad a la luz; de la esclavitud de sostener una imagen a la libertad de vivir en la verdad.
Quizás por eso hoy la pregunta no sea:
“¿Quién está siendo falso conmigo?”
Sino:
“Señor, ¿qué hay en mí que necesita ser llevado a tu luz?”
Porque la hipocresía promete proteger nuestra imagen, pero termina convirtiéndonos en prisioneros de ella.
Cristo, en cambio, nos invita a abandonar la máscara.
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Juan 8:32
Que Su luz alcance aquello que todavía escondemos.
Que la levadura de la falsedad no siga fermentando silenciosamente nuestras relaciones.
Y que la verdad de Cristo comience desde nuestro interior a restaurar aquello que la mentira fue deteriorando.
Porque donde entra la luz de Cristo, ya no necesitamos seguir fingiendo.
Allí comienza la libertad.
Editorial Rema — La verdad que libera
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No buscamos una fe de apariencias. Buscamos una vida transformada por la Verdad.
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