CRISTO EN NOSOTROS, LA ESPERANZA DE GLORIA I Editorial Rema

CRISTO EN NOSOTROS, LA ESPERANZA DE GLORIA I Editorial Rema

Hay una expresión del apóstol Pablo que parece sencilla, pero cuando comenzamos a comprenderla, descubrimos que contiene algo mucho más grande que una enseñanza religiosa:

“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.”
— Colosenses 1:27

¿Qué quiso decir Pablo con estas palabras?

Quizás hemos aprendido a pensar que seguir a Dios consiste principalmente en cambiar ciertas conductas, cumplir determinadas reglas, adoptar una determinada apariencia o pertenecer a una iglesia o denominación.

Pero Pablo está hablando de algo mucho más profundo.

Está hablando de Cristo en nosotros.

Y eso cambia completamente nuestra perspectiva.

El propósito eterno de Dios

Desde el comienzo de la historia humana existe un propósito de Dios que atraviesa toda la Escritura: llevar al ser humano desde lo que fue en Adán hacia aquello que Dios quiso revelar plenamente en Cristo.

No se trata simplemente de mejorar al viejo hombre.

Se trata de que nazca algo nuevo.

Pablo habla del nuevo hombre, creado según Dios, y en Colosenses revela que este propósito había permanecido oculto durante generaciones y que ahora había sido manifestado.

El misterio es:

Cristo en vosotros.

No una nueva religión.

No una nueva denominación.

No un sistema de normas.

Cristo viviendo en nosotros.

Y cuando comenzamos a comprender esto, muchas cosas empiezan a ocupar su verdadero lugar.

Cristo es nuestra justificación, nuestra santificación y nuestra redención

Nuestra relación con Dios no comienza porque logramos ser suficientemente buenos.

Comienza en Cristo.

Él es nuestra justificación.

Él es nuestra santificación.

Él es nuestra redención.

Por eso, la verdadera santidad no puede reducirse a una determinada manera de vestir, a una apariencia exterior o a cumplir una lista de comportamientos que puedan hacernos parecer más espirituales.

Eso puede producir apariencia.

Pero la santidad verdadera nace de Cristo en nosotros.

Cuando somos llenos de Él, algo comienza a cambiar desde adentro.

Nuestros pensamientos comienzan a cambiar.

Nuestros deseos comienzan a cambiar.

Nuestra manera de mirar a los demás comienza a cambiar.

Nuestra manera de enfrentar las dificultades comienza a cambiar.

No porque hayamos aprendido a fabricar una vida espiritual mediante nuestro propio esfuerzo.

Sino porque Su presencia comienza a ocupar cada vez más espacio en nosotros.

Entonces, ¿qué hacemos nosotros?

Aquí encontramos algo maravilloso.

La obra es espiritual.

Y una obra espiritual no puede ser realizada por el esfuerzo natural del hombre.

Pablo lo dice con claridad:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
— Filipenses 2:13

Es Dios quien produce el querer.

Y es Dios quien produce el hacer.

Jesús también lo expresó de una manera contundente:

“Separados de mí nada podéis hacer.”
— Juan 15:5

Entonces, ¿qué lugar ocupamos nosotros?

El de quien responde a Su llamado.

El de quien busca.

El de quien permanece.

El de quien abre su corazón.

El de quien decide caminar con Él cada día.

Nosotros no producimos la vida de Cristo.

Nos rendimos a Aquel que puede producirla en nosotros.

Por eso nuestra búsqueda de Dios no consiste en intentar fabricar santidad con nuestras propias fuerzas.

Consiste en buscar Su presencia sincera y constantemente.

Buscarlo cada día.

Permanecer en Él.

Conocerlo.

Escuchar Su voz.

Permitir que Su Espíritu transforme aquello que nosotros jamás podríamos transformar por nosotros mismos.

Cuando el espíritu del hombre se une al Espíritu de Dios

Esto nos lleva todavía más profundo.

La Escritura dice:

“El que se une al Señor, un espíritu es con él.”
— 1 Corintios 6:17

La obra que Dios quiere realizar en nosotros no es simplemente exterior.

Es una obra espiritual.

El Espíritu de Dios toca nuestro espíritu y, en esa comunión, comienza una transformación que alcanza toda nuestra vida.

Por eso no se trata de convertirnos en personas religiosas.

Se trata de ser llenos de Cristo.

Y cuanto más profundamente conocemos Su presencia, más naturalmente comienza a expresarse Su vida en nosotros.

No porque dejemos de tener voluntad.

Sino porque nuestra voluntad comienza a alinearse con la Suya.

Él produce el querer.

Él produce el hacer.

Él nos sostiene mientras caminamos.

Él nos transforma.

Él nos capacita.

Y aquello que Dios comienza a hacer en nosotros también puede convertirnos en instrumentos útiles para la extensión de Su Reino.

La gracia que transforma

La gracia de Dios no es simplemente el permiso para continuar siendo los mismos.

La gracia transforma.

Nos alcanza donde estamos, pero no nos deja donde estamos.

Nos conduce.

Nos corrige.

Nos fortalece.

Nos enseña.

Nos sostiene.

Y nos lleva progresivamente a una vida consagrada a Él.

Pero esa consagración no nace de una apariencia religiosa.

Nace de una relación.

Cuando Cristo ocupa el centro, comenzamos a apartarnos de aquello que antes dominaba nuestra vida.

No porque alguien nos imponga una lista de reglas.

Sino porque cuando conocemos Su presencia, empezamos a valorar aquello que agrada a Dios.

La santidad deja entonces de ser una apariencia exterior, una vestimenta.., y se convierte en una vida llena de Cristo.

¿Te animas a buscarlo?

Aquí aparece una pregunta que cada uno debe responder personalmente.

¿Te animas a buscar a Dios cada día?

¿Te animas a permanecer en Su presencia?

¿Te animas a dejar que Él produzca en ti tanto el querer como el hacer?

Porque el propósito no es necesariamente ocupar una posición visible dentro de una institución religiosa..

El propósito es mucho más profundo.

Ser siervo o sierva del Altísimo.

Ser una persona llena de Su presencia.

Guiada por Su Espíritu.

Ungida con Su poder.

Conducida por Su sabiduría.

Disponible para que Dios pueda utilizarla como una herramienta escogida en Sus manos.

Y cuando decidimos caminar en ese propósito, no caminamos solos.

Habrá oposición.

Habrá momentos de cansancio.

Habrá circunstancias que intentarán hacernos desistir.

Habrá estrategias del adversario para apartarnos del camino.

Pero Dios permanece con nosotros.

Su brazo fuerte sostiene.

Su gracia fortalece.

Su Espíritu conduce.

Y aquello que Él comienza, Él mismo es poderoso para llevarlo adelante.

Cristo en nosotros

Quizás ahora podamos comprender un poco mejor las palabras de Pablo:

“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.”

No se trata solamente de esperar una gloria futura.

Es comenzar a experimentar desde ahora la vida de Cristo transformando nuestro interior.

Es pasar de Adán a Cristo.

Del viejo hombre al nuevo hombre.

De la apariencia a la realidad.

De la confianza en nuestras propias fuerzas a la dependencia del Espíritu de Dios.

De intentar hacer algo para Dios a permitir que Dios haga Su obra en nosotros.

Porque el propósito eterno de Dios no es simplemente que hagamos cosas para Él.

Es que Cristo sea formado en nosotros.

Y cuando Cristo llena una vida, esa vida comienza a llevar Su luz allí donde Dios la ha colocado.

Entonces comprendemos que la verdadera esperanza de gloria no está en lo que nosotros podemos producir.

Está en Cristo.

Cristo en nosotros.

La esperanza de gloria.


Si esta reflexión te ha sido útil, nos gustaría mucho que nos dejes tu comentario aquí.

Tu experiencia, tu reflexión o aquello que Dios haya hablado a tu corazón puede también ayudar a otra persona que está recorriendo este mismo camino.

Y te esperamos para continuar conociendo esa libertad que libera, porque la verdad que transforma y nos conduce a la verdadera libertad siempre la encontrarás en:

editorialrema.org

Que Dios te bendiga y que cada día podamos conocerle más, permanecer en Él y permitir que Cristo sea formado en nosotros.

Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.

 

0 comentarios

Dejar un comentario